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Mercedes Vidente en Sevilla
Mercedes sonriendo a su mesa de nogal, con el moño gris, las gafas doradas y el collar de perlas de su madre

Quién soy

Me llamo Mercedes Carrión Vega, aunque en mi casa soy Merche. Nací en Écija en 1963, fui maestra treinta y seis años y llevo cuarenta casada con Paco, y no todos buenos. Leo la baraja española desde 1983.

El patio de vecinos

Soy la mayor de cuatro hermanos. Nos criamos en Écija, en una casa de patio de vecinos. Mi padre, Manuel, era guardia municipal. Mi madre, Rosario, llevaba la casa y era el paño de lágrimas de todo el patio.

Las vecinas venían a contarle lo que no le contaban a nadie, y yo lo oía todo desde la cocina, haciendo como que hacía los deberes. Ahí aprendí que en todas las casas pasa algo, y que casi nunca es lo que se ve desde la puerta.

«Merche lo ve venir»

En mi familia nadie echaba las cartas. Lo mío tenía otro nombre, y me lo pusieron mis tías: «Merche lo ve venir». Con quince años sabía qué noviazgos del pueblo iban a durar y cuáles no, y lo decía en voz baja en las bodas. Acertaba lo bastante como para que me empezaran a preguntar.

Magisterio, y la baraja de Reyes

En 1981 me fui a Sevilla a estudiar Magisterio. En la residencia, en 1983, una compañera de Huelva, Reyes, me enseñó a echar la baraja española: la misma con la que jugábamos al cinquillo por las noches.

Reyes me la leía de broma. A mí no me hacía gracia ninguna, porque las cartas me decían lo que yo ya veía venir. Ese año es el principio de todo esto.

Treinta y seis años en la puerta de un colegio

Aprobé las oposiciones en 1987. Pasé por colegios de Lora del Río y de Morón, y en 1992 llegué a un colegio público de Sevilla, donde me quedé hasta jubilarme.

Esa fue mi escuela de verdad. Treinta y seis años viendo familias enteras desde la puerta: los niños que llegaban distintos un lunes porque en casa algo se había roto, los padres que se separaban y los que volvían, las madres que me contaban en una tutoría lo que no contaban en casa. Los últimos años, alumnos míos de los noventa me traían a sus hijos.

En todos esos años solo leí las cartas para los míos: la familia, las amigas, alguna compañera. Una maestra echando las cartas no se contaba en el claustro.

Paco, y el noventa y nueve

Me casé con Paco en 1986. Es aparejador, ya jubilado como yo. Tenemos tres hijos y dos nietos.

En 1999 estuvimos a punto de separarnos. Yo tenía treinta y seis años, tres niños pequeños y ganas de irme. No me fui, y no me arrepiento. Pero sé lo que es plantearse irse, y sé también que otras hicieron muy bien en hacerlo. Por eso no le voy a decir nunca lo que tiene que hacer usted.

¿Se arreglará mi matrimonio?

La jubilación, y una línea de teléfono medio en broma

Me jubilé en 2023, a los sesenta. Mis hijos, que me habían visto echar las cartas toda la vida, me montaron una línea de teléfono medio en broma. A los tres meses ya no era broma.

Atiendo desde mi casa de Heliópolis, en Sevilla, casi siempre por la tarde, en la mesa de nogal del comedor, con el tapete de ganchillo que hizo mi madre y el patio detrás: el jazmín, el limonero, los vencejos. Lo que me cuentan lo apunto en un cuaderno, con letra de maestra: el nombre de pila, la pregunta y cómo sonaba la voz. A cualquier hora del día y de la noche le atienden también mis compañeras, que trabajan como yo.

Lo que he aprendido

  • Un matrimonio largo no es uno sin crisis: es uno que las pasó. O que supo terminar a tiempo, que también es pasarla.
  • En una familia, lo que no se dice se hereda.
  • Por un hijo se pregunta, pero su vida es suya.
  • Nunca es tarde, pero no cualquier momento vale.
  • La soledad se nombra. No es una vergüenza ni una derrota.

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